En la parte final de Kill Bill, una de mis pelis favoritas, Bill hace una disertación sobre Superman y explica que se trata del único superhéroe cuya identidad cotidiana es su otro yo y no a la inversa.

"Superman no se convierte en Superman. Superman nació Superman. Cuando Superman se despierta por la mañana es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Su traje con la S grande y roja, es la cobija en la que lo envolvieron los Kent de bebé cuando lo encontraron. Ésa es su ropa. Aquello que Kent se pone- los lentes, el traje de oficina- eso es el disfraz. Ese es el disfraz que Superman usa para confundirse entre nosotros."


    Ya sé que estoy lejos de ser Superman, y para el caso, también Beatrix Kiddo, pero cuando Mariana y yo empezamos a explorar sexualidades más abiertas que lo ordinario, tuvimos que inventarnos un alter ego, una personalidad secreta que protegiera  nuestras relaciones familiares y laborales de juicios poco justos y, tal vez, demasiado severos. Al principio nos justaba mucho jugar con esas identidades y con las posibilidades de visitar, junto a los clubes swinger, otras formas de vida, otras profesiones y otras formas de vestir.

     Hace poco pensaba en esa doble vida, en la diferencias que hay entre mi yo cotidiano y el autor de este blog. Me sorprendí pensando que mi epitafio dirá: Diego Velázquez, libertino. De día, uso los lentes y la corbata de Clark Kent, me mezclo con la gente que cubre horario de oficina y muevo papeles de un lado para otro. Pero seguramente, ese no soy yo. Ese no puedo ser yo porque me hace sentir incomodísimo, como cuando te obligas a llevar ropa interior dos tallas más chicas.  La urgencia por librarme de "los tontos por ciento, del cuento del bísne" obligó a mi verdadero yo a atrofiarse de alguna forma, a caminar discretamente entre los civiles y a temer el daño que mi pluma pueda hacerle a los cercanos. Así descubrí que algo andaba mal, cuando dejé de contar historias para no ofender a nadie.

     Un día, agarré a mi Mariana y nos fuimos a vivir las historias que queríamos contar. Salimos de lo ordinario, nos expusimos a los rayos gama, dejamos que arañas radioactivas nos picaran y haciendo de todo, no logramos desarrollar ningún superpoder. Fue un poco triste, ya hasta teníamos nuestros trajes entallados para luchar contra la maldad y toda la cosa. Lo que descubrimos es que vivíamos en un mundo de bizarros. ¿De qué otra manera se puede explicar una ciudad donde los hombres pueden hablar en público de sus visitas a prostíbulos y nosotros no podíamos decir que nos gustaba jugar con otras parejas?
   
     Fue en un avión, al regresar de un viaje épico, mítico y cómico, cuando llegamos a la conclusión de que éramos lo que escondíamos. Y que era importante compartir nuestro hallazgo. Salimos del closet. Llamamos a nuestros amigos civiles más cercanos y les contamos que nuestra verdadera identidad era... ¡Emoción! ¡Interrogación! ¡Excitación!  ¿Nos seguirán queriendo? ¿Nos empezarán a tener miedo? ¿Nos obligarán a ir a una academia especializada en mutantes? Nada. Ni una miserable reacción. No les intereso en lo más mínimo porque, según decían, "era obvio". ¿Cómo que es obvio? ¡No puede ser obvio que a mí me guste ver como mi esposa fornica con otros hombres! Pues tal vez si lo era. Nadie puede, a fin de cuentas, ocultar su naturaleza.

    En el mundo swinger, soy un escritor (lo que siempre quise ser desde que era niño) e irónicamente, con más lectores de los que jamás hubiera soñado mi personalidad diurna.  Mi día de trabajo real inicia cuando salgo de la oficina, cuando llego a casa y me pongo a contar cuentos. Historias que, para el común de la gente, son literatura fantástica. Nuestras vacaciones siempre están pensadas como un viaje de regreso a casa: por eso buscamos clubes, parejas u hoteles liberales. Cuando la semana lo permite y Mariana me toma la mano para que nos metamos entre las grietas de la Ciudad  a protagonizar nuestros propios relatos eróticos, no estamos en el lado B de nuestra vida. Ése es el lado A. Ahí, compartiendo cama y juguetes sexuales con otras personas, somos nosotros, Mariana y Diego, swingers




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About Diego (siempre con su Mariana)

Diego y Mariana se conocieron hace un suspiro de dos décadas. Se quedaron juntos y aprendieron, a la buena y a la mala, las mil maneras de construir una relación. Pronto se dieron cuenta de que el sexo era el más emocionante laberinto y decidieron navegar sus rincones en pareja. Empezaron a escribir lo que les sucedía, sólo porque parecía lógico. Se sentía divertido y así descubrieron que la participación de los demás ayudaba a que las sensaciones estallaran con mejor algarabía. Les gusta jugar con otros. Les gusta follar con otros y les gusta que otros vengan a visitar su Jardín, lo exploren y se vuelvan, al leerlo, compañeros de aventuras.

2 comentarios :

Tatuada dijo...

Un relato precioso con el que me siento en parte identificada.
Yo aún ando luchando con la personalidad A y la B... pero sé muy bien cual es la real.
Lo malo... en mi caso no coincide la de mi pareja. Así que mayormente la saco para escribir y soñar... y cuando me dan carta blanca para volar con él :)

Besos y me encantan los dos :)

miaumiau dijo...

Nos cuestionamos mucho el asunto de la doble identidad. Para nosotros es necesaria porque nos choca la malicia y eso lo hemos enfrentado anteriormente. Soñamos con un día salir y decir: "Nosotros somos Miau Miau" y, con eso, completar el círculo. Pero la malicia… Latente… Nos da flojera. No es que nos interese el "¿qué dirán los demás?", es que a veces la gente saca las espinas y eso, aunque anémico, lastima. La maldad lastima.
Sabemos que podemos vencerla, pero tal vez no queremos hacerlo. Es más cómodo estar instalados detrás de la máscara. Así nos ahorramos la parte mala y únicamente gozamos de la miel.

Los admiramos y queremos mucho

Aleatorias del pasado